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martes, 11 de junio de 2013

RAYUELA: NIVEL 1

Gracias a una audaz determinación tomada incluso antes de ojear este artículo sobre las treinta novelas que leer antes de los treinta; al fin he dado el gran paso de leer Rayuela, de Julio Cortázar. En concreto, me he lo he leído siguiendo el orden del primer libro y me apetece escupir al mundo mis reflexiones al respecto.

He de decir que Rayuela no es exactamente mi tipo de literatura favorito, con lo que hincarle el diente ha sido bastante difícil al principio. Pero conforme uno va masticando y tragando, la cosa se aligera y al final se deglute con cierto deleite. Hablo de mi experiencia personal, que puede ser extrapolable a otros, o no.

Al final, me he quedado con dos reflexiones que al menos a mí me resultan bastante llamativas. Una es que Cortázar se erige en Rayuela como, o de alguna forma así lo relaciona mi mente, el Emmerich de la literatura. ¿Qué quiero decir con semejante barbaridad? Pues que en el libro, tras ir madurándolo, he podido o creído entrever una gran broma. Es decir, Cortázar maquilla la futilidad de la historia ―bajo mi percepción, no lleva a ningún lugar― mediante un espectacular y rocambolesco uso del lenguaje. Una utilización de la palabra que trata de revestir de cierto calado la nimiedad, haciéndola parecer algo profundísimo y reflexivo. Lo mismo a lo que Emmerich se presta en su filmografía: maquillar la vacuidad de la trama a base de un lenguaje cinematográfico grandilocuente y excesivo.

Sin embargo, quiero recalcar la diferencia en esta comparación. En Emmerich ―a quién admiro, no vayan a creer― hay inocencia y honestidad, tiende al exceso por convicción. Mientras, Cortázar, bajo mi punto de vista, es un burlón gastando una broma de  hermosura maligna. Pervierte el lenguaje sin tapujos durante toda la novela y aún así, te cuela, sobre todo en los primeros capítulos, un tono de enjundia realmente denso, del que la propia novela se va deshaciendo poco a poco.

Una evolución paralela al protagonista a quien, tras el período parisino, descubrimos con un hombre mucho más sencillo de lo que nos parecía. En el fondo, Horacio no es más que un looser rioplatense, un imbécil aficionado a la autotortura psicológica, que aprovecha su estancia en Europa para hacer la pose. Horacio, el primer posturica. Y sus amigos de París no quedan lejos. El Club de la Serpiente, los modernos de la época, los guays. Una generación a la que Cortázar acaba caricaturizando; de la cual Oliveira escapa regresando a casa, pero su huella es demasiado profunda y Horacio está marcado, víctima de su propio postureo.

Con Rayuela, Cortázar es el pícaro sastre del emperador de la literatura.

Ahora toca reposar la partida, y esperar un tiempo antes de jugar Rayuela en modo experto. En el fondo albergo que la novela leída en este segundo orden se convierta en una épica epopeya de ciencia ficción interplanetaria, quién sabe.





lunes, 18 de marzo de 2013

LOS SIMULACROS

Una de mis últimas sorpresas literarias más gratificantes ha sido Los simulacros de Philip K. Dick (The Simulacra, 1964). La verdad es que llegó a mis manos por pura casualidad, cuando fui a la biblioteca de mi barrio a ver si tenían algún ejemplar de Ubik (1969), también de Dick. Cuando llegué a la sección de la estantería en la que estaban las obras del autor, me topé por casualidad con la portada de Los simulacros, que llamó notablemente mi atención.
Al final me llevé prestado Ubik, que está considerada una de las grades obras de Dick, e investigué sobre Los simulacros, pues por alguna razón pensé que podría tratarse del libro que inspirara la película Los sustitutos (Surrogates, Jonathan Mostow, 2009) porque habían cometido una de esos errores de traducción tan usuales en el ámbito cinematográfico y audiovisual en genera ―mención especial a Los Simpsons, en cuyas traducciones conviven acertadísimas adaptaciones de chistes con estrepitosos errores―. Pero no era así, Los simulacros era otra historia, e investigando descubrí que por alguna razón, figura entre las "obras menores" de Dick. 
Finalmente, leí Ubik, que me gustó, pero no me pareció para tanto. Pero intrigado por la portada y el silencio que de alguna forma envolvía a Los simulacros, no pude resistirme a que fuese mi siguiente lectura.
Y cual fue mi sorpresa a descubrir que es un libro asombroso, donde Dick vuelve a recrear uno de sus peculiares universos en el que diversas tramas avanzan y se entrecruzan en una historia a varias voces absolutamente fascinante. Todo esto es mi opinión, quizá yo sea el raro, y si bien es cierto que he disfrutado con muchas novelas de Dick, con ninguna tanto como con esta. Y creo que merece al menos mi humilde recomendación.