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viernes, 3 de marzo de 2017

LO LO LOGAN

Ayer (si entendemos hoy como el día en el que estoy escribiendo esta entrada) fui a ver Logan (Jamens Mangold, 2017), la última película de Lobezno. Y como, por esa misma razón, ayer fue un día bueno y hoy en concreto, ha sido un día malo (sé que no escribo sobre nada que no me guste, pero un día no es un ente sobre lo que puedas volcar frustraciones personales, salvo que seas uno de esos tíos a los que les da la pataleta con el Día Internacional de la Mujer), pues he decidido escribir sobre lo de ayer, o sea sobre Logan, que me gustó aunque no sale Nicolas Cage.

Si una cosa me deja clara la cinta es que la franquicia X-Men mejora cuando se aleja de la fórmula superheróica, como ya parecían constatar Primera generación  (X-Men: First Class, Matthew Vaughn, 2011) y Deadpool (Tim Miller, 2016). Aquí tenemos una de vaqueros pochos* que no oculta para nada sus fuentes en ese sentido, citando literalmente a Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953).

También me vinieron a la cabeza ciertos nexos con la saga Mad Max e incluso con una de las ficciones más populares ahora mismo, como es Stranger Things. No sé, a lo mejor es todo un poco cosa mía y lo comparo con lo que conozco, como cuando pruebo comidas exóticas.

Pero lo más importante es que Lobezno por fin tiene una película que da lo que se espera: mutilaciones y sangre a raudales. Está es la película definitiva del viejo canadiense, si bien reconozco que a mí personalmente Orígenes (X-Men Origins: Wolverine, Gavin Hood, 2009) me gustó. Sin ironías.

Así que los fans del mutante pueden estar contentos, y los no tan fans pueden disfrutar de una película de acción y ciencia-ficción con bastante garra**, que incluso se atreve a dar alguna pincelada de crítica social. 

Mira, el día de hoy ya no me parece tan malo. ¡Ah!, y también me gusta La decisión final (X-Men 3: The Last Stand, Brett Ratner), casi más que las dos anteriores.



*Voy a intentar no utilizar el término western crepuscular nunca jamás, y este es el mejor sustituto que he encontrado.

lunes, 23 de enero de 2017

MENOS CINE, MÁS CINE

A nadie asombra ya que cuando el último taquillazo hollywoodiense da el salto al mercado doméstico, bien vía DVD, Blu-ray o a plataformas de vídeo bajo demanda, este venga siempre con metraje adicional o con la opción de ver la «versión extendida».

No tengo nada que objetar a esta práctica, ya que suele ser interesante ver qué es lo que ha quedado fuera del corte final que se ha proyectado en salas. Sin embargo, me llama la atención la popularidad de las versiones extendidas, cuando ya de por sí estas superproducciones han ido alargando paulatinamente su duración. En el capítulo de Los Simpson La boda de Lisa, Marge proclamaba: «¿Sabes?, la FOX se ha convertido en un canal de sexo duro tan gradualmente que no me había dado cuenta» Pues me parece que algo similar ha ocurrido con el metraje de las grandes producciones cinematográficas.

Tengo la sensación de que hace algún tiempo la duración media de la superproducción veraniega/navideña de turno era de unos 90 minutos, oscilando hacia las dos horas la de aquellos títulos un poco más largos. Y creo que una película con vocación de reventar la taquilla rara vez se permitía el lujo de ir mucho más allá (dejo fuera el cine independiente o con vocación menos comercial, recalcando muy fuerte que no considero uno mejor que otro).

Pero creo que desde principios de los dosmiles o finales de los noventa, la duración de estos taquillazos ha ido creciendo de forma progresiva, hasta que a día de hoy resulta complicado encontrar cine «palomitero» que baje de las dos horas de metraje. Desde mi punto de vista, el principal punto de inflexión vino con la llegada de El señor de los anillos, trilogía con la que Peter Jackson catapultó el blockbuster a las tres horas de duración, dejando incluso material para las versiones extendidas (creo que también pudo ser el precursor de esta práctica, anteriormente yo solo conocía lo de la «versión del director» Por ello, creo que todo lo que ha venido después de la saga tolkieniana se antoja más ligero, pese a superar los 120 minutos.

El cine comercial ha hipertrofiado los efectos digitales y la duración, estando yo mucho más a favor de lo primero que de lo segundo. 

Por ello, creo que ha llegado la hora de reivindicar una nueva figura a la hora de lanzar las películas al mercado doméstico. Se trata de lo que he querido bautizar como «versión distendida». Si en las versiones extendidas se añade metraje retirado del montaje final para salas de cine, la versión distendida vendría a ser un tercer montaje que ronde los 90 minutos y que elimine toda la paja que no aporte nada ni haga avanzar la película. El límite quedaría fijado en 90 minutos, porque intuyo que muchas películas de dos horas y media, al retirar todo lo insustancial, probablemente no llegasen a la duración de un mediometraje. 

Productoras y distribuidoras, déjennos disfrutar de la acción y los diálogos más chulos. Ya basta de profundizar excesivamente en los personajes, Ya basta de largas panorámicas deleitándose en el paisaje. Ya basta de conversaciones pseudofilosóficas. Quiero las explosiones. Quiero las frases lapidarias. Quiero las persecuciones en las que se destruye la ciudad. Por supuesto, quiero la/s ciudad/es destruyéndose. 

Quiero que la película no me aburra y me haga saltar de la butaca. Quiero YA la versión distendida.


sábado, 7 de septiembre de 2013

UNA DIVERTIDA PATADA EN EL CULO

A estas alturas ya llevo casi un mes sin escribir por este bonito blog que tengo y eso es algo que no debería consentir, que se empieza así y luego se acaba tardando dos años en retomarlo. Bien que he estado ausente ―casi en sentido literal― durante buena parte de agosto, pero septiembre ya ha irrumpido en el calendario y no hay razón para que demore más la reanudación de la actividad bloguera. Además, que mejor excusa para esta nueva etapa post-agosteña que el tener en las pantallas de los cines Kick-Ass 2: Con un par (Kick-Ass 2, Jeff Wadlow). 

El tema de esta entrada es muy simple; ¿Por qué Kick-Ass 2 me parece un peliculón?

Bien, para empezar, es posible que se me pueda considerar una rara avis, ya que soy una de esas personas a las que le gusta Kick-Ass el cómic (Mark Millar, John Romita Jr., 2008)  y Kick-Ass la película (Matthew Vaughn, 2010). Eso sí, me gustan entendiéndolas como obras independientes y reconociendo por supuesto la historieta de Mark Millar como claramente superior. Porque la versión fílmica, como adaptación, entre todas las licencias que se toma respecto al original, hay una en concreto que supone una enorme traición al espíritu del tebeo. Eso me lleva a querer considerarlas obras separadas, pero creo que la película tiene valor por sí misma en otros aspectos. Todo esto hablando de la primera parte, porque la película de Kick-Ass 2 considero que se mueve en otra dirección.


Kick-Ass 2: Con un par comparte ciertos aspectos con su predecesora, como el hecho de rebajar sustancialmente el nivel de violencia y de mala leche del cómic y el hecho de tomarse importantes licencias respecto a este. Pero a diferencia de la primera parte, donde se contaban al menos tres grandes licencias que hacían divergir irremediablemente el rumbo del relato entre la versión cinematográfica y la impresa, en Kick-Ass 2 esas licencias sirven en cierta medida para arreglar el desaguisado de esa discordancia entre las historias del papel y el celuloide, y reconciliarlas de algún modo. Además, la película no solo adapta ―porque en esta ocasión sí me creo capaz de hablar de adaptación y no de versión más o menos libre― el segundo cómic de Kick-Ass, si no que introduce tramas de la precuela del mismo, Hit-Girl (Mark Millar, John Romita Jr., 2012) e incluso deja ciertos cabos sueltos que podrían utilizarse para adaptar dicho cómic como spin-off de la saga ―una perspectiva que ya me tiene cruzando los dedos―.

Por otro lado, esta secuela aboga por un tono mucho más gamberro y abandona en gran medida los toques de seriedad que lastraban algunos pasajes de la primera parte. Si bien no encontraremos el grado de humor negro del cómic, nos ofrece a cambio una abundante ración de jarana escatológica, y en general la narración es mucho más dinámica y divertida.

Pero por si todo esto fuera poco, voy a afirmar con osadía que, pese a que esta película sea en lineas generales inferior a su material de origen, en algunos aspectos llega a mejorarlo. No quiero entrar en detalles para no revelar nada, pero en mi opinión, el enfrentamiento de Madre Rusia con la policía en el barrio residencial resulta mucho más jocoso en la pantalla que en las viñetas.

Para ir terminando, no quiero dejar de señalar a Christopher Mintz-Plasse y sobre todo a Chloë G. Moretz ―¿dónde va a llegar esta muchacha?― en los roles de El Hijoputa y Hit-Girl respectivamente, pues acaban siendo quienes se comen la película, por encima incluso de la interesante interpretación de Jim Carrey.

Y si tengo alguna pega que achacarle al film, algo en lo que Kick-Ass 2 desaventaja a su predecesora, es la ausencia de Nicolas Cage. Pero ¡eh!, que el arranque de la película trascurra presidido por una inefable fotografía suya, casi casi, compensa.

Aaron Johnson (Kick-Ass/Dave Lizewski) y Chloë G. Moretz (Hit-Girl/Mindy McReady)
toman chocolate con nubes bajo la  atenta mirada de Nicolas Cage.
Una última cosa para los que vayáis a verla al cine: que sepáis que hay escena tras los créditos. Y relativamente reveladora.

domingo, 21 de abril de 2013

REIVINDICANDO LA URBANIDAD

¿Hay algún actor que pese a estar constantemente en activo, con buenas interpretaciones, parece no dar nunca el salto a la primera plana del estrellato? Seguramente ya tengáis a alguien en mente, pero como este es mi blog, hablo de quién me da la gana. Y en esta ocasión me refiero al neozelandés Karl Urban.
Muchos quizá ni siquiera serán capaz de ponerle cara solo con el nombre, y sin embargo lleva ya más de diez años apareciendo por producciones hollywoodienses de cierta enjundia.

Karl Urban en la Fantastic Fest 2012. Foto de Ronald S. Woan.

Como secundario importante, ha sido Eomer en la segunda y tercera entrega de El señor de los anillos (The Lord of the Rings II & III, Peter Jackson, 2002 y 2003); el amigo del capitán Kirk, Bones McCoy, en Star Trek (J.J. Abrams, 2009) ; e incluso el contrapunto juvenil en la gerontófila Red (Robert Schwentke). Y cómo malo malísimo fue archienemigo de Matt Damon en El mito de Bourne (The Bourne Supremacy, Paul Greengrass, 2004); némesis de Vin Diesel en Las crónicas de Riddick (The Cronichles of Riddick, David Thowy, 2004) e incluso el vampiro neófito que trae de cabeza a Paul Bettany en la infravalorada El sicario de Dios (Priest, Scott Stewart, 2011).
Sin embargo, quizá parte del problema sea que sus papeles protagonistas nunca han resultado especialmente relevantes, a pesar de su valía. En esta línea podemos citar filmes como Doom (Andrej Bartkowiak. 2005); la "remakeado" El guía del desfiladero (Pathfinder, Marcus Nispel, 2007); y la ultraviolenta e injustamente vapuleada por la taquilla Dredd (Pete Travis, 2012).



Y aún dejándome un montón de películas más que no he visto o no conozco bien, podéis ver que a este hombre no le ha faltado trabajo en esta década y sin embargo da la impresión de que sigue siendo un desconocido para el público.
Esta situación me despierta cierta... ¿lástima? Bueno, quizá tampoco es la palabra adecuada, pero eso no quita que a mí me parezca que es un buen actor, con un potencial que no acaba de explotar. Está claro que el tiempo de las grandes estrellas de acción pasó para nunca volver con la fuerza de antaño, y que resulta harto improbable que el cine palomitero nos vuelva a dar estrellas del calado de Arnie y Sly en sus buenos tiempos. Pero sin necesidad de llegar a este nivel, bien podría erigirse el señor Urban como el competidor directo de lo más parecido que hay ahora mismo a esas vetustas action stars: Jason "el inglés malhumorado" Statham. El  pelado londinense, sin llegar ni a la suela de los zapatos a sus antecesores, sin duda se ha convertido ya en un icono del cine de acción moderna, y su filmografía ya prácticamente es una institución metagenérica: son "pelis de Statham".
No sé, que conste que disfruto con las "pelis de Statham", pero creo que me gustaría que algún día se llegara a hablar de "pelis de Urban".

martes, 19 de marzo de 2013

BASADO EN UN PECHO REAL

Ayer vi ―al fin― Lo imposible (The Impossible, J.A. Bayona, 2012) y me gustaría aprovechar esta entrada, no para reflejar mi crítica y opinión sobre el film, si no para plasmar esa duda que me asaltó mientras la veía y supongo que muchos otros también.
Para poneros en situación, hablo de esa escena en la que vemos ―apenas una fracción de segundo―   el busto de Naomi "macanta" Watts una vez ha pasado el tsunami, durante el cual han resultado heridas, entre otras partes de su anatomía, su pecho izquierdo. En el devenir de esa lesión, también se le ha roto la camiseta, con lo que vemos el maltrecho seno de la Watts.
Y la cuestión es, ¿hasta donde llega la realidad y la ficción en ese plano? Es decir, está claro que la herida es maquillaje, pero ¿el resto de teta también? ¿Es ese pezón real al cien por cien o forma parte del conjunto de la caracterización?¿Todo prótesis o asoma un atisbo de la fisonomía original?
Que esta entrada sirva para poner voz a todas las personas que reclamamos una respuesta digna a esta trascendental cuestión. A ver si en el making off...


Para evitar cualquier tipo de problema, en lugar de publicar el fotograma original, lo  sustituyo por este preciso dibujo hecho con Paint.

viernes, 15 de marzo de 2013

UN REGRESO Y UN BALDWIN

Como algunos ya sabéis y muchos otros no, pero tampoco os importa, retomo la actividad en este blog. Y quiero hacerlo por todo lo alto, hablando de una de las películas que probablemente más me ha impactado y seducido ―a su manera― en los últimos tiempos y quizá en toda mi vida. Estoy hablando de Tiburones en Venecia ( Shark in Venice, Danny Lerner, 2008)

Uno de los carteles promocionales de Tiburones en Venecia.
Vayamos por partes. ¿Es Tiburones en Venecia una buena película? Creo que el propio título ―traducido a nuestro idioma con una fidelidad a la que no acostumbran este tipo de producciones― ya nos da la respuesta. Obviamente no es una buena película. Es más, probablemente sea la peor película de su década. Pero por contra, y casi a modo de compensación para el sufrido espectador, es tan pasmosamente autoconsciente y honesta en su propuesta, que nos invita a obviar lo paupérrimo de su… de su conjunto en general. Y es que los disparates que comete en todos los aspectos ―se podrían escribir verdaderos mamotretos teorizando sobre qué apartado es el que perpetra los mayores dislates― son de tal magnitud, que uno no puede hacer otra cosa que quedarse pegado al sofá con la boca abierta, anhelando que llegue el siguiente despropósito. Y nunca tarda en llegar.
Pero pasemos a desgranar y analizar los factores que convierten a este título en una obra tan singular ―tranquilos, avisaré cuando haya alerta de spoiler―. Para empezar tenemos al director Danny Lerner, uno de los fundadores, junto a su hermano Avi, de Nu Image/Milleniun Films, productoras especializadas en filmes de acción; tanto de carnaza para videoclubs ―concepto anacrónico donde los haya, pero creo que sabéis a qué me refiero― y telefilms, cómo de superproducciones que arrasan en taquilla como Los mercenarios (The Expendables, Sylvester Stallone, 2000) y Los mercenarios 2 (The Expendables 2, Simon West, 2012); amén de una ingente cantidad de títulos “de segunda” para cine protagonizados por estrellas venidas a menos y galanes ajados variopintos ―Nicolas Cage encabeza esta lista con Furia Ciega (Drive Angry, Patrick Lussier, 2011), Bajo amenaza (Trespass, Joel Schumacher, 2011) y  Contrarreloj (Stolen, Simon West, 2012) y, la dejo la última por ser una rara avis en todo este contexto que llevo presentando, Teniente Corrupto (Bad Liutenant: Port of Call New Orleans, Werner Herzog, 2009)―. Y tras este repaso, volvamos a lo que importa: el susodicho Danny Lerner dirige Tiburones en Venecia y afronta esta tarea con el bagaje de haber rodado ya varias películas con estos escualos cómo trasfondo. Hablo de la rebautizada en España como Space sharks  (Raging Sharks, 2005  ―me retrotraigo a lo dicho sobre la traducción de los títulos, pues aunque todos lo deseáramos, estos tiburones no están realmente en el espacio, aunque al menos salen alienígenas―) y de su debutante Terror en el mar (Shark Zone, 2003), en la cual ya mostró algunos de los temas que se repetirían en Tiburones en Venecia. La pregunta que se nos plantea sobre la realización de Danny Lerner es: ¿hasta qué punto es consciente de lo que hace y de su resultado?. Pues teniendo en cuenta su experiencia, tanto en la dirección como en la producción de este tipo de subproductos, no es arriesgado suponer que conoce el tipo de material que maneja a la perfección y que le saca el máximo partido apostando por la única opción posible: el esperpento extremo. Si en tantos telefilmes de sobremesa, de esos que atiborran las tardes del fin de semana en televisión, se opta por guiones y situaciones serias, cuya sobriedad acaba cayendo en el ridículo pretendiendo ser lo que no son ―es decir, buenas películas―; en Tiburones en Venecia se opta por llevar esas ridiculeces tan al límite que acaban dándose la vuelta y convirtiéndose en auténticas maravillas trash.
Por otra parte tenemos al guionista, Les Weldon, especializado en escribir el tipo de películas cutres ya mencionadas, pobladas de Van Dammes, Lundgrens y Seagals; y co-productor de varias películas de Nu Image/Millenium Films, incluyendo la saga Los Mercenarios. Les Weldon ya había trabajado con Danny Lerner en Space Sharks, con lo que ambos tenían experiencia conjunta con este tipo de historias con asesinos subacuáticos. Weldon firma un guión tan absurdamente disparatado como interesante en su planteamiento. No falta nada en esta historia, quizá ninjas, y por poco. Tal vez en este aspecto sí resulta más difícil discernir hasta qué punto las animaladas que plagan la película están plasmadas en el libreto original, o son el intento del director por rizar el rizo de una historia que solo puede prestarse al más absoluto esperpento. En cualquier caso, no faltan los giros de guión y los retruécanos argumentales que mantienen en lo más alto el nivel de expectación en todo momento, siempre a base de desbarres y fantasmadas, eso sí.

Cartel promocional de la película rebautizada en España como Space Sharks
Y como colofón tenemos el singular elenco de esta obra maestra de la serie Z, encabezado por Stephen Baldwin. El alevín de la familia Baldwin, cuyo trabajo más importante en su carrera cinematográfica haya sido probablemente su papel en Sospechosos habituales (The Usual Suspects, Bryan Singer, 1995) se pone en la piel del protagonista: el doctor David Franks. Quizá sea este uno de los aspectos en los que el film decae ―respecto de su cutre despiporre―, pues Stephen se toma el papel demasiado en serio y tal vez se hubiera agradecido una interpretación más exagerada e incontenida ―¿os viene algún nombre a la mente?―, a juego con el tono de la película. Por suerte, las carencias interpretativas de Stephen dan al traste con su intento de actuación sobria, para regocijo del respetable.

Stephen Baldwin, en uno de sus alardes interpretativos.
En el papel de “la chica” está Vanessa Johansson, otra hermanísima, aunque esta vez mayor que la célebre Scarlett; y cuya película más destacable quizá sea  Day of the dead (Steve Miner, 2008), remake del  filme homónimo de George A. Romero, en la que hizo un papel secundario. Su precariedad actoral ofrece el contrapunto perfecto con Stephen, pues si bien el intento de éste último por parecer serio cae en el ridículo de la exageración, Vanessa ofrece un registro emocional ―especialmente su rostro― digno de una cariátide.
Y cómo malo malísimo, Giacomo Gonnella, cuyos trabajos más destacados sean papeles secundarios en Manual de amor (Manuale d’amore, Giovanni Veronesi, 2005) y en Caótica Ana (Julio Mdem, 2007); y que a diferencia de Stephen Baldwin, da mucho más juego, prestándose al histrionismo interpretativo ―de forma consciente― que demanda un subproducto de este calibre.

Giacomo Gonnella en primer plano y Vanessa Johansson desenfocada.
―Alerta spoiler, no se destripa mucho, pero se cuenta la trama a grandes rasgos. Para ver lo escrito, seleccionar el tramo acotado entre los asteriscos del principio y del final―*** Y ahora toca hablar del lío en sí: la trama. Parece que el título ya ofrece bastante información sobre lo que ésta nos va a ofrecer, tal como sucediera con Serpientes en el avión (Snakes on a Plane, David R. Ellis, 2006). Pero no  , Tiburones en Venecia no se queda en lo superficial: además de los escualos ―que en realidad ocupan un papel cuasi secundario―, hay un tesoro ―como en Terror en el mar― relacionado con las cruzadas, mafiosos muy malos e incluso coquetea con ciertos temas del cine de espías. Eso sí, mezcla todo estos elementos ―y más― con tanta desfachatez, que uno no puede más que admirarse ante el absurdo batiburrillo que le están contando, digno de las anécdotas de Abe Simpson.  La película viene a contar cómo David Franks (Stephen Baldwin) viaja a Venecia, dónde su padre ha muerto mientras buceaba por los canales, buscando en secreto el tesoro oculto por los Medici. Cuando David va a reconocer el cadáver de su padre a la morgue, echa un vistazo al resto de muertos y sospecha que han sido atacados por tiburones. Cuando va al lugar donde se alojaba su padre, descubre que lo han revuelto todo, sin embargo, no han descubierto la maleta donde el padre de David guardaba sus investigaciones, pues estaba ingeniosamente oculta  bajo el agua. David entonces decide concluir la labor de su padre y buscar el tesoro él mismo. Mientras tanto, en la ciudad se suceden diversos ataques de los tiburones, aunque las autoridades dudan de la veracidad de los testimonios que sitúan a los escualos como causa de las muertes. Por su lado, David es atacado por uno de las criaturas mientras bucea en busca del tesoro, y es gracias a que consigue escapar del tiburón que encuentra la gruta donde se esconden las riquezas. Y cuando David recupera el tesoro, en un inesperado giro de los acontecimientos descubrimos que es un mafioso megalómano, que ya había hostigado a David, quién ha plagado los canales con tiburones por razones que no detallaré, pero que ya avanzo, no tienen lógica ninguna.*** ―fin del spoiler―.
Y no quisiera acabar este análisis sin mencionar algunos de los detalles que salpimentan el filme y redondean la cutrez del conjunto. Para empezar, cualquier espectador medianamente ávido, podrá percatarse que ninguna de las escenas en las que aparecen personajes ha sido realmente rodada en Venecia. Apenas unos planos generales de la ciudad y poco más. El resto, decorados que cambian detalles de una escena a otra para que parezcan zonas distintas de la ciudad, interiores con cromas en las ventanas, y lindezas por el estilo. Mención especial merecen los planos generales a los que a un decorado que deja bastante que desear se le añade agua creada digitalmente. Otra cosa a destacar son los tiburones. Por un lado, encontramos tiburones modelados con ordenador, muy al estilo de las criaturas gigantes de las películas de Asylum. Y por otro, los fragmentos de grabaciones de tiburones reales, muy probablemente extraídos de documentales de naturaleza, y que contrastan fuertemente con el resto de la fotografía de la película, sensación que se acentúa cuando estas imágenes se usan como contraplano; aunque el uso de esta suerte de found footage o metraje encontrado no llega a las cotas que se alcanzaron en Supersonic Man (Juan Piquer Simón, 1979) en las que estos insertos ―¡del ataque de un tiburón, para más inri!― incluso cambiaban el formato a 4:3. Y entre bizarradas y disparates varios, mi preferido: los trasmisores o walkie-talkies o lo que sea que usan los personajes ¡mientras bucean!. Y no bucean con escafandras de última tecnología que tal vez pudiesen llevar incorporado un sistema de comunicación; si no que llevan botellas de las de toda la vida. Resulta fascinante y asombroso ―en vete a saber cuál de las acepciones de la palabra― ver y escuchar como Stephen Baldwin, respirando por la boquilla de la botella de aire en la boca y soltando burbujas, se comunica con el walkie de Vanessa Johansson que está fuera del agua. Y a todo esto, se le suma las taras habituales de este tipo de producciones, véanse acentuadísimos fallos de raccord;  repetición de planos recurso, incluso dentro de una misma escena; y diálogos sonrojantes ―hay que ver como este adjetivo ya va casi indisolublemente unido a “diálogos” cuando estos son cutres, pretenciosos o simples en extremo―; entre otras.

Stephen Baldwin atacado por un tiburón mientras bucea... ¡y gritando por el comunicador!
Puede darse el caso de que con todo lo dicho, penséis que lo que trato de exponer es que a Tiburones en Venecia no hay por donde cogerla. ¡Au contraire, amigos míos! Lo que pretendo es reivindicar el lugar que legítimamente le corresponde en los anales de la mejor tradición del infracine. Tiburones en Venecia es tan extremadamente mala, que resulta sublime, siempre que sea visionada desde la perspectiva adecuada. Y es que quizá el mayor lastre que deba superar esta película para acabar convirtiéndose en una obra de culto es que se trate de una producción para televisión; pues sin lugar a dudas es un filme que el tiempo lograría poner en perspectiva, y sumarse a la lista de las mejores películas malas de la historia. Amantes de la serie Z y del trash: Tiburones en Venecia es la película cutre por excelencia de la primera década del siglo XXI y una experiencia audiovisual catártica tras la que uno ya no puede volver a ver con los mismos ojos ni Venecia ni el cine.